TRADUCCION

jueves, 12 de septiembre de 2013

Amor al prójimo


Hace algunos años atrás realicé un viaje a un pequeño pueblo de Bolivia. En el tour habíamos alrededor de 15 personas, todos provenientes de distintos países.
El pueblo al cual llegamos era pequeño y de muy escasos recursos. El único hotel que había en el lugar era del tipo “albergue”, en cada habitación habían por lo menos 10 camas.
Llegamos de noche al lugar, yo casi no pude mirar el entorno ya que el pueblo se encontraba a gran altura y a causa de ello comencé a sentirme muy mal. Mi cabeza daba mil vueltas y tenía muchas náuseas, pero no era la única que se sentía de esa forma, la gran mayoría presentaba los mismos síntomas.
Era una noche realmente fría, casi congelante, no teníamos calefacción y no contábamos más que con una frazada cada uno. Esto hizo que me sintiera aún más mal, estaba en mi cama con escalofríos, temblando y sudando al mismo tiempo. Pero como dije anteriormente, no era la única que estaba en esa situación, junto a mi podía escuchar a un hombre que le pedía a su mujer que lo ayudara a llegar hasta el baño.
En ese momento en medio de la obscuridad vi una pequeña luz que se iba acercando uno a uno. Miré más detenidamente y pude ver que era un francés que andaba en el grupo, su nombre era Christián. Él iba pasando por cada una de las camas con una pequeña linterna,  preguntando como se sentían y si necesitaban algo. Lo vi llevando vasos de agua a muchas de  las camas.  Cuando llego junto a mí, me vio temblando de frío, entonces fue hasta su cama, trajo su frazada y me cubrió con ella. Yo no podía aceptarlo, pero no hubo forma de hacerlo desistir. La verdad yo me sentía tan mal que tampoco seguí insistiendo, solo quería que las horas pasaran rápido y sentirme mejor. El volvió a su cama y durmió sin nada que cubrirse en esa helada noche.
Al día siguiente ya nos habíamos aclimatado a la altura del lugar y nos sentíamos mejor. Durante el desayuno debíamos ir a buscar la comida a una pequeña cocina que se encontraba retirada y llevarla hasta el comedor. Yo estaba tomando desayuno cuando vi llegar a Christián con su taza de café en la mano y un sándwich. Dejó su desayuno en mi mesa mientras iba por una silla.
En el grupo andaba también una mujer americana de unos 60 años de edad. Ella no hablaba español y se notaba que eso la frustraba, ya que no podía comunicarse con nadie y la mayor parte del viaje parecía molesta.
En el momento en que Christian se acercaba a la mesa, la mujer llegó, tomó la taza de café de Christian y se la llevó….  yo me quede atónita. ¡Qué descaro! Ella se lleva tu taza de café. – le dije.
Pero Christian me miró y me dijo sonriendo, – está bien, yo puedo prepararme otro, pero esta vez no lo soltaré- y riendo se fue hacia la cocina  a preparar otro café.
La verdad es que me quedé sorprendida de su reacción, otro en su lugar lo más probable es que le hubiera dicho algo a la mujer o al menos le hubiese quitado la taza , pero él no se hizo ningún problema y se lo tomó con humor.
El era una persona realmente digna de imitar, su amabilidad, su generosidad con todos, su cara siempre sonriente. Durante el viaje fueron muchos los gestos de amor y dulzura que él tuvo hacia todos nosotros.
Después de aquel viaje nunca más lo volví a ver, pero su recuerdo quedó para siempre grabado en mi corazón y trato de seguir su ejemplo porque me di cuenta que una sola persona si puede cambiar el mundo. En aquel viaje él cambio mi mundo, me hizo ver la importancia de los pequeños actos de amor que podemos tener hacia el otro y que iluminar la vida de los demás es una misión hermosa.
Dar alegría muchas veces es tan fácil como: decir una palabra amable, escuchar a quien tiene un problema o una pena, llamar o enviar un email a un amigo que hace tiempo no ves, dar una palabra de aliento a quien lo necesita, dar un abrazo, regalar una sonrisa, tener un gesto amable con un desconocido o ayudar a quien ves en apuros en la calle, responder siempre de forma amable y cordial, dar de comer a un pobre.
Las opciones de entregar amor son ilimitadas, hay muchas formas de hacerlo. Desde ahora toma el propósito de no dejar pasar ni un solo día sin dar una gota de amor al prójimo. Hacer al otro lo que te gustaría que hicieran por ti.
Cada vez que tengas un gesto amable con alguien estarás alegrando su día y tu corazón estará más cerca de la felicidad.
«Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 13, 34).
 :)
 Por Marcela Allen

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